martes, 23 de mayo de 2017

Escalerillas







Día 153, silencio, ¿será posible? 

Me preparo, ¡dispara chica! 

Lo noto sí, los músculos entumecidos, las rotaciones no andan como debería, ¿Qué me pasa? Me siento oxidada, perdida, a ver busca… un momento, ¡haz el favor de tropezar con un sinónimo contextuado! ¡Dios mío, no!!! He perdido palabras, tecleo, tecleo y nada. 

Va Irenita que no puede andar todo tan perdido, empieza de nuevo, ¿lo ves? Mucho mejor. Respiro profundamente, giro el cuello de un lado a otro, que no se diga que no he visto todas las de Rocky, ¡Ja! A mi lado Stallone, es sin duda una animalillo indefenso. 

Bien, ordenador, plantilla de Word no vas a terminar con mi capacidad creativa, esa blancura que ensalzas como una sonrisa macabra provista únicamente de desconcierto, no logrará menguar las ganas que tengo de plantarte cara. 

Un calambre, ¡maldita sea! ¿Se puede tener agujetas de darle tanto al retroceso en el teclado? Que no, que no te tengo miedo, estos pasitos que estamos dando se afianzan de una manera que nadie va a lograr desquitar. 

¿Quién ríe ahora musa-word?  

Este pulso como ya te lo dije, mío será.
¡Qué flato tengo, válgame señor! 

Entonces qué, ¿lo intentamos de nuevo?
 
 
 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Olvido

Hiere, se acerca sigiloso en su recuerdo, es imposible desdibujarlo. Durante meses su fuerza me consume, como una soga que va enroscándose con el único propósito de atormentar. Fluye en mi interior, asfixiándome en la miseria de verme envuelta por su desgracia, sometida en su influencia y no saber, ni querer luchar contra él. 

Es el sin nombre, está completamente prohibido murmurarlo, conocen mi reacción, de lo que soy capaz si es señalado y me permiten ese punto de narcisismo, sabedores de la locura que habita en mi interior ellos la aguardan, por respeto. 

Excluyo el olor, el timbre, tu ropa, la música que me enamoró. Aparto todo lo que un día dio sentido a lo que era mi vida. Soy un ser herido, maltratado en la crueldad de su circunstancia y me alimento de ello, una esclava. Y es que no puedo, temo que si dejo de atormentarme desaparecerás, ¿y qué será de mí sin ti? No logro entender ese futuro que se me está obligando a vivir. Por eso te conservo intacto, perenne, no permito que nada influya en nuestra historia, tú y yo, para que podamos cumplir todas aquellas promesas de las que un día hablamos. En mi mente las compongo como una melodía que en su anhelo grita a la libertad y es allí entre sueños donde por fin volvemos a estar juntos, no hay destino que logre separarnos.

Tu abrazo se convierte en el mío y nuestra historia al fin es amor. 

Es más sencillo si nada guarda sentido, no hace que sienta que estoy apocada en la desgracia de tu pérdida, de ese maldito mes de noviembre en el que te apartaron de mí.




Relato que presenté en la Comunidad de Relatos Compulsivos. Palabras obligatorias: luchar, música y noviembre.

viernes, 9 de diciembre de 2016

La enviada


   

Mi nombre es Hipólito, soy el portero de unos cochambrosos apartamentos situados en la barriada del olvido, calle de la desesperanza, s/n, o lo que es lo mismo un subalterno mal pagado que realiza todo tipo de tareas para cuatro inquilinos más apurados que yo mismo. Me defino como un ser despreciable, carente de emociones y como recomendación os pediría que por favor no cometáis el nulo error de odiarme o recelarme, para vuestra desgracia no servirá de nada, mi coraza está salpicada en desgracia.

Disfruto por no decirlo de otra manera del mal ajeno, me complace ver como otros seres incurren en la fantasía de ver progreso, donde yo por el contrario vislumbro miseria y desaliento. Así pues, desde mi pequeña cabina, los observo como caen, lloran, sufren y esos sentimientos de pérdida constante, alimentan un alma negra y perturbada, la mía. 

Hasta que el juego cambió. Para que vuestras mentes logren comprenderlo os tengo que explicar la historia de Elsa, como ya he dicho no soy buena persona por lo que no juzguéis en vano mis actos guardaban sus razones. En aquellos momentos mis excusas eran valiosas armas y los propósitos que movieron las fichas un sustento para la oscuridad. 

Recuerdo la primera vez que la vi, entró en la barraca toda docilidad, de una naturaleza pétrea, un ángel venido a este mundo a amansar el dolor de otros. Me di cuenta enseguida que sería un problema, un futuro que había construido sólido y mordaz en manos de un alma noble.  

Flaqueza extrema, ropas anchas que en su intento de disfrazar mostraban más su delgadez. Un comportamiento huidizo, no me miró en ningún momento, por lo que pude recorrerla a placer. Entonces lo vi, un corte, un rosado y marcado corte en la muñeca derecha.  

¡Oh! Elsa, Elsa...
 
Una rápida firma en el contrato de alquiler y un mundo desaparecido.  

Nunca salía del apartamento, al tiempo lo comprendí. Un tipo osco y desnaturalizado rondaba por la zona, enseguida supe que era peligroso. Pues yo que me regocijo viendo el dolor que se infligen otros, nunca he sobrepasado esa línea invisible que marca la de un trastornado a un sociópata.
Estaba claro que el tipo era impulsivo, inestable y guardaba dentro de él mucho odio. Odio que no había más que reparar, poseía nombre y apellidos.  

En ese momento es cuando cometí la primera falta, no pude controlarme, durante días prometo que intenté acallar las voces que en mi cabeza me incitaban a ello, pero un día no las aguanté más y obré. Requería silenciarlas.

Me acerqué a él, le invité a un pitillo, bocanada a bocanada no dijimos palabra alguna, una vez consumida y lista mi marcha. Lo dije. 

Apartamento 999. 

Curioso número pensaréis, pero no, la intención desde el principio fue justo esa. 

A partir de ese momento, día tras día, el tipo se colocaba delante la puerta de Elsa a esperar su premio, unas veces aporreaba la puerta con insultos y alguna que otra vaga amenaza, otras simplemente aguardaba allí creyendo que ella al no escuchar ruido saldría, pero no, siempre se mantenía escondida. Persianas bajadas, silencio mortífero, ciertamente no estaba disfrutando del proceso. Esperaba mucho más de todo aquello.  

Por lo que tuve que intervenir de nuevo y así cometer la segunda falta. Siendo francos todo aquello de mancharme las manos me tenía en vilo, unas veces sentía que traspasar la línea era toda una proeza que me estaba aliviando de la pesadumbre que corroía mi alma, otras una moral que hasta la fecha desconocía me susurraba que no debía avanzar, que frenara antes de que el goce fuera irremplazable.  

Voces interiores gritaban ¡Regresa! ¡Regresa! Pero no lo hice.  

— Señor, ¿sucede alguna cosa? 

Al advertirme se puso nervioso, casi parecía un crío, un sudor le anegaba frente y cuello, haciendo que el espectáculo fuera realmente asqueroso.  

— Ah, no, no. Es mi novia que… hace días que no sale del apartamento, ya sabe… bueno, estoy un poco nervioso. ¿Cree que podría abrir la puerta? Sólo es para comprobar que está bien, nada más. Por seguridad. 

— Sólo puedo hacerlo si realmente existe un peligro, ¿cree entonces que existe algún riesgo? O por el contrario, ¿existirá? Si es así podría abrir la puerta, pero debería darme una propina, ¿lo comprende no? Sólo soy el portero de este sitio, no puedo tomarme según qué licencias...  

Con el billete en la mano me vi el ganador de la partida. Ciertamente ser el que encajaba las piezas del puzzle nubló el enorme ego que habitaba dentro de mí, pero es que la hazaña me estaba reportando una sensación de felicidad plena.
 
Abrí la puerta, lo que encontré dentro sin duda no era lo que esperaba. 
 
 
 

Allí estaba. Estudiándome fijamente con una mirada severa, su figura antes etérea se había desdibujado para descubrirse ante nosotros con unas cinceladas alas negras que se abrían haciendo de todo aquello un digno espectáculo. Y me esperaba, pues así me lo hizo saber.  

— Por fin te dignas a entrar Hipólito. Sabía que llegaría el día, cuando encontraras una presa tan frágil como la imagen que habías gestado de la condenada Elsa, traspasarías la línea y obrarías con todo el mal que anida en ti. Ahora dime, que pensabas hacer esta vez, ¿mirar o actuar? 

— ¿Qué… qué… es todo esto? - no logré articular más palabras.

— ¡Qué lástima! ¿Viste Ángel? No lo vio venir. Se las ha dado toda su vida de analizar el entorno y esta vez ha sido justo éste el que se lo ha engullido. Siéntate, la tarde será larga querido y tenemos mucho que contarnos. Para empezar, la primera vez que nos vimos.

Miles de imágenes empezaron a pasar por mi cabeza, buscando algún recuerdo que me llevara hasta ella, pero sólo recordaba la firma del contrato, nada más. Veía el rencor, un resentimiento que sin duda iba a terminar conmigo. Sólo quedaba saber más, por lo que la escuché, no abrí boca, ni siquiera cuando Ángel sacó una alforja repleta de artilugios que parecían de otra época, sabía lo que me deparaba pero no tenía miedo, es más, iba a gozarlo. 

— Adelante… explícate.  

— Veo predisposición por tu parte, está bien, no esperaba menos de ti, así que no te haré esperar, empecemos. La primera vez que nos vimos tenías diecisiete años, vivías cerca de aquí, noto que sigues sin reconocerme, he cambiado desde entonces y también he hecho por modificar mi imagen, pelo, ropas, poses, ¿crees que quería ponértelo fácil? ¿No? Vaya que callado, está bien, sigamos… me gustaba verte desde la otra acera, como analizabas y controlabas a las personas que pasaban por este repugnante sitio, su sufrimiento era un bálsamo para tu alma. Y eso amigo, me llenaba de una curiosidad insana, a la vez por no decirlo de censura. Así que me obsesioné bastante con lo que representabas, hasta tal punto que investigué tu infancia, colegios, institutos, por donde hubieras pasado allí estaba yo libreta en mano haciendo preguntas, buscando algún trauma, razón o excusa que pudiera hacerme comprender tu forma de actuar, pero no, no encontré nada. Eres simplemente así, un ser oscuro. Una vez entendido eso, decidí que tenía que buscar la manera de hacerte salir del escondite, piensa Hipólito, piensa, ¿quién soy? 

Se quedó observándome en silencio, esperando una muestra de comprensión, simpatía o reconocimiento, no negaré que ya había averiguado de qué se trataba, pero quería verla encolerizar, eso me proporcionaría fuerza en esta batalla perdida.  

— Te tenía por alguien más inteligente, en fin… tanto tiempo preparando esto para ti, para ver que le pones tan poco entusiasmo. Todo esto hace que me aburra, Ángel cariño, haz que sufra un poquito, ¿quieres?  

De la alforja sacó unas tijeras con una punta corva, en ese momento juro que sí, me asusté, al fin y al cabo no tenía el alma tan muerta como creía.

— ¡Te recuerdo! ¡Te recuerdo! 

— ¡Oh! ¡Vaya! Pareces un animalillo asustado, está bien, lo de cortarte a cachitos lo dejaremos para más tarde, ¿te parece? 

— Sí, sí, por favor.  

— Bien, entonces dime lo que quiero saber.  

— Te veía siempre en la otra acera, sola, sin nadie alrededor. En su momento pensé que eras una presa perfecta, si hubieras vivido en mis dominios, pero teniéndote lejos no podía vigilar todos tus pasos, horarios, así que dejaste de interesarme rápidamente.  

Se acercó a mi como un gatito sumiso y me propinó una bofetada que me hizo sangrar el labio, sin duda el poco caso obtenido en un pasado la había enfurecido.  

— Así pues, ¿no te parecía interesante? 

Sentí que ganaba territorio por lo que seguí mostrándome desinteresado. 

— Como ves, no. 

Bajo pronóstico y con un autocontrol absoluto siguió como si nada.  

— Es una pena, juntos hubiéramos llegado lejos. Me sorprendió gratamente que solicitaras este puesto de trabajo y decidieras quedarte por la zona, ha hecho mucho más fácil mi tarea. Y ha demostrado lo que siempre supe de ti. Así que sólo queda por saber una cosa y es tu confirmación, ¿has traspasado la línea?  

— Antes de contestarte necesito que me lo digas, ¿qué eres? 

— Soy tu ángel de la guarda, siempre he estado cerca de ti, un ángel vengador que rompe con el mal que habita en los humanos y ahora contesta. ¿Has traspaso esa línea? 

— ¿Qué será de mí? 

— Ya hemos perdido mucho tiempo, ¿no crees? Sabes perfectamente que este es tu fin. ¿Y bien? 

— Sí confieso, la he traspasado.  

— Entonces que así sea. Desde este momento la vida que conociste dará a su fin, a partir de ahora deberás buscar a iguales y condenar sus faltas, pues esta será la única manera en la que lograrás redimir y salvar tu oscura alma.